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Una necrópolis de túmulos y tumbas en la Serranía de Cuenca

Imagen de portada del artículo: Una necrópolis de túmulos y tumbas en la Serranía de Cuenca

Texto y Fotos: Francisco J. Vázquez

Uno de los lugares más sobrecogedores de la Serranía de Cuenca es el denominado Campo de Túmulos y Tumbas localizado en el término municipal de Pajaroncillo. Conocido como la Necrópolis de La Hoya del Castillo, se trata de un camposanto que ha sido espacio sagrado desde la Edad del Bronce y que se encuentra escondido entre pinares de tupida vegetación y a los pies de las conocidas formas geológicas llamadas Las Corbeteras, unas figuras muy particulares similares a chimeneas y que fueron esculpidas a lo largo de milenios por la erosión natural.
Se da la circunstancia que este yacimiento es uno de los más importantes descubiertos hasta la fecha en la Península Ibérica de ese periodo concreto de nuestro pasado. Y curiosamente ha sido en fechas recientes cuando ha tomado la importancia que realmente tiene. No en vano ha pasado desapercibido no sólo para muchos eruditos en la materia, sino también para muchos paisanos de la zona que no se habían fijado en ellos por estar en una zona de difícil acceso. Tan sólo algunos pastores habían hablado de lo que evidentemente eran sepulturas antiguas, pero en el fondo las palabras se diluían en el tiempo.
El descubrimiento de tan singular espacio se achaca, finalmente, a un señor llamado Federico Campos, que entusiasta de la Arqueología y colaborador ferviente del Museo Arqueológico de Cuenca desde su fundación, se dedicó a realizar excursiones a la zona desde su lugar de residencia (Carboneras de Guadazaón) y fue ubicando, poco a poco, los elementos que darían lugar a un estudio arqueológico posterior serio que revelaría la importancia de tan excepcional lugar.
Básicamente encontramos dos tipos de enterramientos. Por una parte se encontrarían los túmulos, que cuentan con unas características comunes muy concretas. Son más grandes que las tumbas, y por tanto menores en número que éstas. Parten de una cista central que varía en tamaño de unos a otros, y cuentan con un muro exterior ovalado o circular que se apoya contra el suelo natural de la zona y de materiales igualmente locales. La zona de la cista era el lugar no sólo donde se colocaban los restos mortales, sino también el posible ajuar funerario. Por el trabajo y tamaño en desarrollarlo eran destinados a personas importantes de la comunidad, y son fácilmente identificables y visibles a simple vista hoy día. Incluso aquellos que, siendo de menor tamaño, están situados entre las tumbas del lugar aprovechando huecos de terreno.
Las tumbas son más numerosas y de menor tamaño, y consisten básicamente en una serie de lascas colocadas en forma de oquedad o caja que pueden ser rectangulares o cuadrangulares y en cuyo interior se enterraba el cuerpo, tapándolo con piedras en la zona superior que impidiese a los merodeadores hacerse con los cadáveres allí depositados.
Hay que reconocer que el lugar impone respeto. Caminar entre tumbas vacías, siendo conscientes de la importancia de ser el lugar elegido por una comunidad de la Edad del Bronce para enterrar a sus muertos, con conciencia de dioses, de esperanza y creencia en la vida en el más allá (así se desprende de los ajuares con armas, joyas, ungüentos y demás), sin duda sobrecoge. Y el paraje, fiel testigo del paso del hombre y del peso de sus creencias, alberga un halo de misterio que sólo se siente si uno se mueve por el lugar. El silencio, las sombras y la vegetación lo convierten en un lugar donde es imposible no sentir el rastro de la Historia.
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