La provincia de Cuenca tiene espacios mágicos anclados en el tiempo. Lugares donde la Historia rebosa en cada piedra que forma parte de un inmueble y de los que no somos conscientes del peso que tuvieron en la forja de este gran país. Eso suele pasar cuando estos elementos se encuentran en zonas de extrema despoblación, o cuando nuestra mente parte de la premisa errónea de que un elemento crucial arquitectónica o culturalmente debe ubicarse en urbes más importantes a donde realmente se encuentran.
 
Uno de ellos es la Iglesia–Panteón de los Marqueses de Moya, que se encuentra situado justo a los pies de la N-420 a su paso por el municipio de Carboneras de Guadazaón. Un lugar ya de por sí sorprendente que, sin embargo, es sólo la parte visible de lo que fuera un conjunto impresionante constituido por el Convento de la Santa Cruz, de orden dominica. Un inmueble en el que se vivió como en pocos lugares la reconquista de la península, desde el que se forjó y mantuvo parte de un marquesado que hoy da nombre a decenas de pueblos y zonas de la provincia, y desde el cual se participó en la mejora de la vida de las gentes apoyando económicamente la mejora de infraestructuras.
 
Afortunadamente para aquellos que amamos la Historia hay quienes profundizan hasta la saciedad para que este tipo de lugares, que han sido maltratados por el tiempo y por los hombres, mantengan viva la esencia de su existencia (en mejor o menor grado) para aquellos que nos sobrevivan. 
 
Enrique Lillo Alarcón es uno de estos personajes. Un investigador que ha llevado hasta el extremo un trabajo exhaustivo titulado “Historia del Convento de Santa Cruz de Carboneras de Guadazaón” y en el que profundiza sobre uno de los muchos tesoros que tiene sobre su suelo la provincia de Cuenca. Partiendo del protagonismo de los marqueses de Moya (a la sazón enterrados aún en el panteón ya mencionado), que fueron cortesanos punteros de los Reyes Católicos y a los que éstos concedieron grandes extensiones de terreno para que administrasen y protegiesen a las gentes de su señorío, esta enorme indagación histórica centra sus esfuerzos en el que fuese uno de los grandes referentes medievales (hoy casi olvidado).
 
Desde las causas de su fundación, pasando por su arquitectura, sus joyas culturales o sus reliquias, y centrándose en su importancia en el desarrollo de infraestructuras, personajes que por aquí pasaron o momentos y situaciones de la Historia de España en la que participaron o que les tocó vivir, Lillo Alarcón expone una obra intensa pero asequible al público en general, sin dejar en el tintero elementos a priori pequeños o intrascendentes.
 
Todo el libro es una genialidad cargado de curiosidades. Desde elementos heráldicos en la fachada, a los pleitos sobre tierras o sus arrendamientos, pasando por inventarios, libros del convento aún conservados, documentación de archivo…
 
La “Historia del Convento de Santa Cruz de Carboneras de Guadazaón” es sin lugar a dudas un libro por conocer, por disfrutar, y una guía esencia que sirve para entender que la Historia, como la vida, es caprichosa y no sabes por dónde te va a llevar. Lo que una vez fue grande se olvida, aunque no siempre… Obras como las de Enrique Lillo Alarcón lo impiden, y eso es de agradecer.